Mi historia como maquilladora profesional
Desde que tengo uso de razón, el maquillaje ha estado presente en mi vida.
Recuerdo gran parte de mi infancia y adolescencia pasando horas frente a YouTube, viendo tutoriales, retos y hauls. Al principio lo disfrutaba como espectadora, pero con el tiempo empecé a sentir algo más profundo: no solo me gustaba verlo, también quería hacerlo yo.
Así fue como empecé a maquillarme siguiendo tutoriales. Lo hacía casi todos los días, sin presión, solo por aprender y disfrutar del proceso. Era mi forma de entretenerme, de desconectar… y sin darme cuenta, estaba despertando un lado creativo de mí que hasta ese momento no conocía.

De hobby a vocación
Con los años, empecé a notar que no solo me gustaba, sino que además se me daba bien. Y cuando algo te gusta y se te da bien, es difícil ignorarlo. Por eso decidí formarme profesionalmente y hacer un curso de maquillaje, con la idea de convertir esa habilidad en un servicio real.
Todo esto sucedió cuando tenía apenas 16 años y aún estaba en el colegio. En ese momento creé mi cuenta profesional de Instagram, donde comenzaba a compartir mis looks y mi trabajo. Al principio maquillaba a personas cercanas: amigas, conocidas, personas del entorno de mi mamá… hasta que llegó mi primera clienta. Ese momento marcó un antes y un después para mí.
Crecer, crear y conectar
Luego llegó la pandemia. Para muchos fue una pausa, pero para mí el maquillaje se convirtió en refugio. Disfrutaba muchísimo maquillarme, grabar tutoriales, experimentar con looks y ver resultados. Era una forma de seguir creando, incluso en medio de la incertidumbre.
Con el paso del tiempo y la vuelta a la normalidad, fui especializándome cada vez más y dándome a conocer. Empecé a entender lo mucho que me llenaba ver la reacción de mis clientas al verse en el espejo por primera vez. Esa emoción, esa sonrisa, esa confianza… se volvió una de las partes más valiosas de mi trabajo.

El maquillaje como parte de quién soy
Más adelante decidí especializarme también en estilismo, porque entendí que era una necesidad y que iba completamente de la mano con el maquillaje. Ambos se complementan, se potencian y cuentan una historia conjunta.
Los años fueron pasando y yo seguía trabajando en esto, disfrutándolo y amándolo, incluso hasta el último momento antes de mudarme a España. Mi pasión por el maquillaje es algo que llevaré conmigo siempre. Es parte de quién soy. Y aunque hoy esté en una etapa distinta, sé que cuando encuentre mi rutina real aquí, volveré a él, aunque sea por diversión, por amor al arte y por todo lo que siempre ha significado para mí.
